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domingo, 3 de enero de 2016

HUELE A BETÚN DE ZAPATOS


Me prometí escribir más este año.

En mi compulsión  le puse medida: al menos una hora diaria. Año nuevo propósitos que duran veinte días.

Escribir se me daba natural, cuando era una niña. Luego crecí. No me di cuenta cuándo, pero crecí. Este año cumplo cuarenta. Ayer tenía veintiún años. Añoro la niñez y hoy me da miedo escribir.

Tengo miedo. Hace muchos años tengo miedo. Dicen que es ansiedad. Siento que se me nota y que está mal, pero a veces pienso que muchos lo sienten, pero muy pocos lo decimos.

Me prometí escribir más este año, ayer tenía veinte y hoy tengo cuarenta. En el medio escribí muy poco. En veinte años. Y ahora no sé si no recuerdo o realmente nunca pasó mucho (aunque me sucedió una vida).

Hoy es el domingo antes del primer lunes laboral del año. No pasa un año de mi vida adulta  en que no recuerde de forma vívida esas seis noches que cursé durante la escuela (ni siquiera del colegio), de ese domingo antes de entrar a clases.

Creo que siempre fui compulsiva.

La noche antes limpiaba con betún mis zapatos. Se me manchaban las manos cuando pasaba el cepillo por encima de los bordes de los zapatos. Quitarme el betún de las manos era tarea difícil. El olor permanecía en mi piel. En el aire de mi cuarto. En mi alma y se pegó como brea en mis recuerdos.

Era betún negro.

Teníamos dos cepillos y un trapito como de lana. Con un cepillo (generalmente el más feo) pasaba la pasta sobre el cuero. Tenía que quedar opaco. Las  cerdas del cepillo marcaban unos surcos que a mí me gustaba quedaran todos en la misma dirección y en línea cuasi recta. Dejaba reposar los zapatos embetunados  mientras alistaba en orden de tamaño los cuadernos: los lomos al fondo del bulto, con cuidado de que no se pegara el plástico nuevo..

Ahora que recuerdo tenían un aroma similar –el betún y el plástico nuevo-..

Yo no cerraba por las noches el bulto. Lo dejaba abierto. Me gustaba ver el orden de los cuadernos.

Teníamos dos cepillos para embetunar zapatos negros y  un trapito como de lana.

Una vez pasados diez minutos (que contaba mirando las manecillas del reloj que estaba en la sala de mi casa sobre el equipo de sonido), pasaba sobre los zapatos el cepillo más limpio. Ese era el cepillo para lustrar. Ese cepillo casi no manchaba las manos. Era como raspar esa lotería que se raspaba con una monedita para ver si se había ganado algún premio. Había emoción. Así se sentía lustrar los zapatos.

Se lustraban los zapatos con ritmo. Primero el frente porque emocionaba ver el brillo despertar en la parte más vistosa del zapato. Luego la parte de atrás, porque no hay que olvidar los lugares que no vemos. Luego los costados, tenía especial cuidado en que no se notaran esos espacio que no eran ni atrás ni adelante ni los costados. Esos espacios sin nombre pero que también merecían ser lustrados.

Admito que también embetunaba las suelas de los zapatos, y eso me llenaba de orgullo. Con los días esta costumbre hacía que mis zapatos siempre parecieran nuevos.

Siempre tuve mis compulsiones. Aún ahora con cuarenta.

¿Qué habrá sido del reloj que estaba en la sala de mi casa sobre el equipo de sonido?

Cuando las personas se divorcian desaparecen muchas cosas, como por arte de magia. Simplemente se desvanecen, como la idea del matrimonio.

El último paso (hablando de zapatos) era pasar el trapito sobre el cuero. Eso perfeccionaba la tarea. Eliminaba cualquier residuo de pasta y el tacto era de gran ayuda: si el trapo no se deslizaba había que lustrar esa área.

Cuando mis zapatos brillaban y mi cuerpo entero olía a betún, los colocaba al lado izquierdo de mi bulto abierto con los cuadernos acomodados en orden de tamaño.

Encima el uniforme. El uniforme colgaba sobre el pomo de la puerta.

Y ese tenía otro olor. Otro olor que ahora extraño como el olor del jabón impregnado en los brazos de mi mamá.

El uniforme era un “jumper” de tela dura (nunca supe cómo se llama) y una camisa color beis.

Jamás se plancha sin un trapito encima porque la ropa se “lulle”, especialmente la tela del “jumper” que se ponía brillante. Y eso está muy mal visto. El brillo en los zapatos es un deber, pero en el jumper es una afrenta.

Sin embargo el olor del vapor y el  algodón se pegaban en la tela,  como se le impregnaba al brazo de mi mamá el olor a jabón.

Ese tercer olor competía con los anteriores, pero era mucho más silencioso. Apenas lo podía percibir cuando ponía los rollitos de las medias dentro de uno de mis zapatos, ubicados  a la izquierda del bulto abierto, frente a la puerta de mi cuarto y debajo del uniforme.

Ya casi nunca huelo los brazos de mi mamá.

Y así terminaba mi domingo. En ese momento sentía en la barriga  el “sustoemoción” del día siguiente.  Como si el día siguiente fuera un regalo, y yo no me pudiera imaginar qué habría envuelto dentro de ese regalo. Como si...

Me sentaba sobre la cama a observar el uniforme, los zapatos, las medias y el bulto y a permitirme sentir la emoción con la sabiduría de una niña.

Esa noche generalmente no podía dormir. Seguro desde entonces era ansiosa. Pero antes eso estaba bien.

Yo sé que hoy me va a costar dormir. Sé que mañana voy a sentir arena detrás de mis párpados. Pero no van a oler a betún mis zapatos, no usaré medias a la rodilla ni tampoco un jumper. En el fondo soy la misma güila, la misma cara pero treinta y tres años después. Tempus fugit.

Hoy es ese domingo y tuve que sacar la latita de betún negro para olerla. Me llenó de paz y de recuerdo. Y el recuerdo da un sentido de pertenencia y eso sabe bien.

Me prometí escribir más. Sin editar. Me prometí escribir más porque tengo cuarenta y  la vida me sucede al frente y de repente. Las letras son como pastillas contra el olvido.

Las letras son como pastillas contra el olvido. Pero el olor a betún es el olor de la inocencia de niña que salía temprano en la mañana –zapatos lustrosos-, tiritando por el frío viento, para subirse al bus que la llevaría a esa aventura  de recibir la Vida,  con miedo, sí, ¡pero eso qué  importaba!

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