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sábado, 14 de enero de 2017

Las flores sabias

Por qué me gustan las flores.

No es por lindas. Es por inteligentes. No es por las flores, es por las plantas (raíces, tallos, pistilos). No es por la planta solamente, es por la abeja o la mariquita. Y la mariquita por los pulgones y los hongos, y todo eso que llevan muchas veces las hormigas en sus patitas. Sí, las hormigas que se roban la comida y les encanta el azúcar. El azúcar del café que me tomo todas las mañanas. Ese que dicen unos que es malo y otros que es bueno y que yo no me cuestiono, simplemente me lo bebo porque me gusta y porque lo necesito. Necesitar no es malo, no es solamente bueno aquello que se racionaliza, se mide, se elimina, se consume en poquitos o mejor no. Es bueno también tomar café, sobre todo cuando amanece y uno se pone la armadura del día que sigue. Puede ser un buen día, un mal día, un día raro, un día divertido, o un día tenso. El día que nunca sabemos cómo será. Por eso me gustan las flores, porque nunca sé cómo será mi día. Porque las flores me dicen que aunque tenga una línea de vida pintada en mi cabeza, la Vida misma se muere de la risa con la idea, porque bien sabe que podría acabar muy distinta (esto independiente de cuántas tazas de café me tome al día y si el café es bueno o malo). Me gustan las flores como me gusta el café: porque sí. Pero además las flores son inteligentes porque son: están ahí y mueren y nada pasa. Pero en el ínterin dan alimento a las abejas, a las mariquitas, a los pulgones, a los hongos y a las hormigas (y a mí). Se adaptan al sol o a la lluvia, y no necesitan una taza de café para ello, tampoco armadura. No son ni armas ni son duras. Son. No “salen al mundo”, se abren a la vida. Por eso me gustan las flores: no por lindas, sino por sabias.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Esas cosas que nunca cambian y esas otras que sí.

Es vacilón cómo hay cosas que no cambian.
A mis 40 pisos se me ocurre ir a yoga el "finde". Quería ir a un lugar adonde no conociera a nadie ni tuviera una idea de qué hacer. Me quería sentir libremente ignorada e ignorante. Todo iba imperfectamente perfecto: ahí estaba yo con "look" de clases de danza y con un paño en lugar de mat. No entendía nada de lo que decían (shana o ashanta o yaganta, qué sé yo) y además era a media luz, o sea palmito: yo que uso anteojos no veía nada.
Fluí.
De repente ¡TAZ! La frase MÁS temida a lo largo de mi vida: "hagan grupos de dos".
Socialice, haga contacto visual, sonría y haga parejas. Caca, como siempre ¡¡¡no conocía a nadie!!! Todos se veían y se abrazaban en su familiaridad. Yo jamás iba a abrazar a nadie ahí porque con costos abrazo a mis amigas y me pongo tiesa y me quito rápido, y ADEMÁS no conocía a nadie.
Todos se unieron en parejas. Yo los vi.
Me iba quedando solita. Me dio nerviosismo y todo como la primera vez que me pasó algo así en prepa... Me empecé a sentir algo tonta. No tengo 5 años gabipeña... Pero al final TODOS quedaron en pareja.
Todos menos yo.
Y vino la segunda pregunta más temida de mi vida: "¿Alguien quedó solo?"
"Yo" - dije tan bajito que sólo los que estaban cerca mío oyeron.
Entonces otra vez la Profe: "¿todos con pareja?"
Y ya entre frustrada y chiva dije lo más duro que pude "YO".
La Profe muy tuanis dijo "ah, entonces vos trabajá conmigo". Y ahí estaba nuevamente yo: el "teacher's pet".
Y todo iba bien hasta que dijo: "ok, vamos a practicar inversiones, pararnos de manos." De cabeza... Yo NO me paro de cabeza, nunca me he parado de cabeza y no sólo eso, iba a tener que mostrar en público el ejercicio con la Profe... Nuevamente dije bajito "es que yo nunca me he parado de cabeza. " Y la Profe: "perdón no te oí". Entonces no faltó el compañerito que al igual que en prepa dijo: "que dice ella que nunca antes se ha parado de cabezaaaa".
Sonamos. Además de incapaz de hacer parejas, no me sé parar de cabeza Y ADEMÁS me tienen que traducir en español inteligible.
Al final siempre sí me paré de cabeza, no resultó difícil, la Profe tuanis me felicitó por la excelente postura que probablemente debo a años de ballet y al instinto de supervivencia físico y social. Todo salió perfecto, hasta fui aplaudida.
Finalizada la clase me puse mis chancletas que uso post ensayo desde 1996 (las que me esperaron dos días en la calle principal de Guadalupe), doblé el pañito, y salí casi que de puntillas. Solamente que esta vez, aún incapaz de hacer grupos, me pude parar de cabeza. YO ME PUDE PARAR DE CABEZA.
Estos grandiosos pequeños triunfos.

Mi crítica positiva de danza desde la visión de una persona o ciudadana que no pertenece al medio y le gusta maravillarse todavía, o el título más complicado posible para pedir permiso de decir lo que siento.


Ayer fui al Festival de Coreógrafos.

Me gustaron varias cosas. La primera el elocuente agradecimiento al patrocinador (entre otros)  El Cuartel de la Boca y El MONTE.

No lo digo por deslucir el acto de apertura, sino porque fue un error, o acto fallido, que le sacó risas al teatro (lleno).  Porque en esta sociedad vale la pena reírnos de nosotros mismos, y no sentir que la intelectualidad, el color negro en las ropas o la academia están divorciadas de un  acto como la simple y llana carcajada. Como sea, reír en conjunto genera comunidad.

Lo segundo que me gustó es que me sentí en un festival de danza. Y parece redundante, pero no, no se engañe: FESTIVAL de DANZA. Festival como fiesta diversa. Danza como tal.

Me ha sucedido que en algunas veladas de años anteriores (unas sí y otras no)  y desde hace algunos años, podía transcurrir la gala sin ver danza. Salía con esta sensación de estafa. “Si voy a un festival de música de guitarras” –pensaba-, “pues no espero ver instrumentos de viento, o si asisto a una ópera no voy para escuchar declamaciones de teatro”. Es algo muy simple. Pero no.

Danza es un concepto bellísimo: puede ser muchas cosas, no es un concepto unívoco, pero sabemos bien cuándo algo no es danza. Eso quiere decir que es una expresión artística amante de la diversidad, pero odiosa del fraude y del engaño. Es honesta.

Me ha sucedido en otras veladas que las manifestaciones eran todas muy parecidas (algo así como de una misma escuela, algo así como de un mismo lugar, algo así como la endogamia). Pero el festival es diversidad, porque la sociedad es diversa, las palabras también, y la construcción artística debería de serlo; salvo que vivamos la dictadura del arte dictada por el que dicta. Ahí la pregunta es ¿quién habrá dictado? Y me siento nuevamente dentro de la Tiquicia donde el Poder Legislativo no me representa, pero ya eso es harina de otro costal. Aunque es el mismo sentimiento, y tal vez la misma expresión de un problema social estructural.

Lo tercero que me gustó es que las propuestas que vi realmente trabajaron el tema (sus temas). Y acá no se trata de decir que me gustó un trabajo o no. Es una cuestión algo más ¿objetiva? Puedo afirmar que una propuesta se ve acabada aún cuando no me guste. El gusto no puede convertirse en un algo aformo y caprichoso

Creo que se le debe agradecer al comité curatorial este resultado.

Entonces resumo, tres cosas me gustaron en general: el derecho al error, la diversidad de las propuestas y el ver danza como sea que esta se define.

La danza no se entiende, la danza se siente.

Bailar es un proceso integral que le da permiso al espectador de dejar de pensar y simplemente dejarse ir en el sentir (no digo el sentimiento). No es un ejercicio fácil, porque ya en el cotidiano venimos bastante cercenados. Pero de eso se trata, de dejar de pensar, poner la mente en blanco y adentrarse en esa escena o espacio temporal dentro de una cajita negra (el escenario).

En la primera obra el vestuario austero y la simplicidad me atrapó. La obra era como una mesita de noche a media luz en un paréntesis de tiempo. Fue quieta. Entró y salió de puntillas, como una ráfaga de aire. Aplausos al coreógrafo por haber sido tan valiente.

No sentí el tema, a ratos no comprendí el por qué el personaje masculino. De ellas: Pilar, con su expresión me llevó a través del viaje, se proyectó al espectador. La obra no se llevó tantos aplausos y lo sentí con pesar. Tal vez era muy íntima para un festival.

De la segunda obra me pareció brillante cómo abordaron con elocuente y elegante sarcasmo el tema sugerido dentro del festival, sea la longevidad y las zonas azules del mundo. “Touché”. Pero además, el diálogo estuvo ejecutado con  mordaz y ágil humor negro.  El cuerpo se movía detrás de las letras.
El uso del vídeo fue necesario y bien calibrado. El tema se sintió redondo.

Sin embargo esta obra fue el ejemplo de la endogamia de la danza. Algunos chistes de los diálogos no se entienden si no se es parte del gremio. Esto quiere decir que el festival está pensado para un público, el de danza, no para el país. El festival se fagocita. El fin se acerca.

La tercera obra tuvo el valor de poner un tropel de bailarines en escena. Eso se llama valor. Es una labor titánica y bastante difícil. No me imagino la locura de fijar los ensayos y cuadrar veinte horarios distintos. Valor y liderazgo.Y se logró. Se vio un trabajo grupal. Hubo movimiento, no así unísonos. Pero a mí eso no me importa.  

Me quedó claro el tema, pero me pasó de largo. El vestuario me recordó el de Vorágine, y el grito del final me sobró. La gente habla tanto siempre que de la danza agradezco el silencio.  

La cuarta obra estuvo  plagada muchas imágenes bellísimas. El problema es que estuvo plagada de muchas imágenes bellísimas, todas sucediendo al mismo tiempo. Entonces no recuerdo un pico climático, un momento de intimidad. En realidad no recuerdo mucho.  Aun así el final me pareció acertado, impactante: de la aguja del reloj se lanza la bailarina cuando se acerca el final de una vida, porque morirse es eso: el cuasi imposible final del tiempo, final subjetivo, porque el tiempo bárbaro sigue, solamente que sigue sin el muerto.

La quinta obra: maravillosa. Estéticamente cuidada. Mensaje absoluto y redondo. Violento, fuerte. Honesto. Increíble interpretación: un unísono que a pesar de presentarse al final de dos horas de función logró mantener la atención del público. ¿Danza? No sé, teatrografía la llamaría yo.

No pongo los nombres porque no quiero. Se pueden buscar en la página del Teatro Nacional. 

Duración: larguísima. Un achará por este desacierto.

Y esto será todo lo que vaya a escribir del festival, porque la vida real es así: nosotros los mortales no vamos todos los días. El sabor que nos llevemos será el producido por una noche. No es lo ideal, es lo que es. Por eso deben cuidarse todas las noches, para que todas atrapen a los diferentes “comensales”.

El conversatorio del final: bléh. No me expliquen la danza, déjenme sentir, denme libertad, cédanme espacio y tiempo. Si me dio un buen sabor, bien por el trabajo; explicarme lo que me quiso decir no va a cambiar si me quedó el paladar insulso o amargo.


Extraño el villancico, cómo lo extraño. ¿Ustedes no? Pero a uno nunca le han preguntado.

domingo, 3 de enero de 2016

HUELE A BETÚN DE ZAPATOS


Me prometí escribir más este año.

En mi compulsión  le puse medida: al menos una hora diaria. Año nuevo propósitos que duran veinte días.

Escribir se me daba natural, cuando era una niña. Luego crecí. No me di cuenta cuándo, pero crecí. Este año cumplo cuarenta. Ayer tenía veintiún años. Añoro la niñez y hoy me da miedo escribir.

Tengo miedo. Hace muchos años tengo miedo. Dicen que es ansiedad. Siento que se me nota y que está mal, pero a veces pienso que muchos lo sienten, pero muy pocos lo decimos.

Me prometí escribir más este año, ayer tenía veinte y hoy tengo cuarenta. En el medio escribí muy poco. En veinte años. Y ahora no sé si no recuerdo o realmente nunca pasó mucho (aunque me sucedió una vida).

Hoy es el domingo antes del primer lunes laboral del año. No pasa un año de mi vida adulta  en que no recuerde de forma vívida esas seis noches que cursé durante la escuela (ni siquiera del colegio), de ese domingo antes de entrar a clases.

Creo que siempre fui compulsiva.

La noche antes limpiaba con betún mis zapatos. Se me manchaban las manos cuando pasaba el cepillo por encima de los bordes de los zapatos. Quitarme el betún de las manos era tarea difícil. El olor permanecía en mi piel. En el aire de mi cuarto. En mi alma y se pegó como brea en mis recuerdos.

Era betún negro.

Teníamos dos cepillos y un trapito como de lana. Con un cepillo (generalmente el más feo) pasaba la pasta sobre el cuero. Tenía que quedar opaco. Las  cerdas del cepillo marcaban unos surcos que a mí me gustaba quedaran todos en la misma dirección y en línea cuasi recta. Dejaba reposar los zapatos embetunados  mientras alistaba en orden de tamaño los cuadernos: los lomos al fondo del bulto, con cuidado de que no se pegara el plástico nuevo..

Ahora que recuerdo tenían un aroma similar –el betún y el plástico nuevo-..

Yo no cerraba por las noches el bulto. Lo dejaba abierto. Me gustaba ver el orden de los cuadernos.

Teníamos dos cepillos para embetunar zapatos negros y  un trapito como de lana.

Una vez pasados diez minutos (que contaba mirando las manecillas del reloj que estaba en la sala de mi casa sobre el equipo de sonido), pasaba sobre los zapatos el cepillo más limpio. Ese era el cepillo para lustrar. Ese cepillo casi no manchaba las manos. Era como raspar esa lotería que se raspaba con una monedita para ver si se había ganado algún premio. Había emoción. Así se sentía lustrar los zapatos.

Se lustraban los zapatos con ritmo. Primero el frente porque emocionaba ver el brillo despertar en la parte más vistosa del zapato. Luego la parte de atrás, porque no hay que olvidar los lugares que no vemos. Luego los costados, tenía especial cuidado en que no se notaran esos espacio que no eran ni atrás ni adelante ni los costados. Esos espacios sin nombre pero que también merecían ser lustrados.

Admito que también embetunaba las suelas de los zapatos, y eso me llenaba de orgullo. Con los días esta costumbre hacía que mis zapatos siempre parecieran nuevos.

Siempre tuve mis compulsiones. Aún ahora con cuarenta.

¿Qué habrá sido del reloj que estaba en la sala de mi casa sobre el equipo de sonido?

Cuando las personas se divorcian desaparecen muchas cosas, como por arte de magia. Simplemente se desvanecen, como la idea del matrimonio.

El último paso (hablando de zapatos) era pasar el trapito sobre el cuero. Eso perfeccionaba la tarea. Eliminaba cualquier residuo de pasta y el tacto era de gran ayuda: si el trapo no se deslizaba había que lustrar esa área.

Cuando mis zapatos brillaban y mi cuerpo entero olía a betún, los colocaba al lado izquierdo de mi bulto abierto con los cuadernos acomodados en orden de tamaño.

Encima el uniforme. El uniforme colgaba sobre el pomo de la puerta.

Y ese tenía otro olor. Otro olor que ahora extraño como el olor del jabón impregnado en los brazos de mi mamá.

El uniforme era un “jumper” de tela dura (nunca supe cómo se llama) y una camisa color beis.

Jamás se plancha sin un trapito encima porque la ropa se “lulle”, especialmente la tela del “jumper” que se ponía brillante. Y eso está muy mal visto. El brillo en los zapatos es un deber, pero en el jumper es una afrenta.

Sin embargo el olor del vapor y el  algodón se pegaban en la tela,  como se le impregnaba al brazo de mi mamá el olor a jabón.

Ese tercer olor competía con los anteriores, pero era mucho más silencioso. Apenas lo podía percibir cuando ponía los rollitos de las medias dentro de uno de mis zapatos, ubicados  a la izquierda del bulto abierto, frente a la puerta de mi cuarto y debajo del uniforme.

Ya casi nunca huelo los brazos de mi mamá.

Y así terminaba mi domingo. En ese momento sentía en la barriga  el “sustoemoción” del día siguiente.  Como si el día siguiente fuera un regalo, y yo no me pudiera imaginar qué habría envuelto dentro de ese regalo. Como si...

Me sentaba sobre la cama a observar el uniforme, los zapatos, las medias y el bulto y a permitirme sentir la emoción con la sabiduría de una niña.

Esa noche generalmente no podía dormir. Seguro desde entonces era ansiosa. Pero antes eso estaba bien.

Yo sé que hoy me va a costar dormir. Sé que mañana voy a sentir arena detrás de mis párpados. Pero no van a oler a betún mis zapatos, no usaré medias a la rodilla ni tampoco un jumper. En el fondo soy la misma güila, la misma cara pero treinta y tres años después. Tempus fugit.

Hoy es ese domingo y tuve que sacar la latita de betún negro para olerla. Me llenó de paz y de recuerdo. Y el recuerdo da un sentido de pertenencia y eso sabe bien.

Me prometí escribir más. Sin editar. Me prometí escribir más porque tengo cuarenta y  la vida me sucede al frente y de repente. Las letras son como pastillas contra el olvido.

Las letras son como pastillas contra el olvido. Pero el olor a betún es el olor de la inocencia de niña que salía temprano en la mañana –zapatos lustrosos-, tiritando por el frío viento, para subirse al bus que la llevaría a esa aventura  de recibir la Vida,  con miedo, sí, ¡pero eso qué  importaba!

miércoles, 8 de julio de 2015

El caballero de armadura pulida

Y salí de La Institución hastiada, sentía que había perdido toda la mañana. 
Y mientras apresuraba mi escape de aquella torcida realidad, me esperaba a la entrada un guachimán. Escuché cuando le dijo al guarda de seguridad "Es ella, ella es la señora."
Dudosa por lo de "señora" miré a mi alrededor y me di cuenta que en definitiva era conmigo, pues en aquella escena sólo estábamos el guachimán, el guardia de seguridad, la calle, una señal de alto y yo. Alisté unas monedas.
-Buenos días señora, -me dijo elegante- tengo que hablar con usted de algo muy serio.
Sonreí como si se tratara de una broma, pero me clavó su mirada color azul Volcán Poás. Se me desencajó la cara con la rapidez de un mareo. Él, perspicaz, repuso inmediatamente:
-Pero no se preocupe, todo va a estar bien. Mi nombre es Alberto.
Y comenzó a caminar. No volvió a ver hacia atrás pues asumió que yo lo seguiría. Y así fue. Cruzamos la calle para terminar frente a mi vehículo aparcado a la orilla de la carretera. Volví a ver a don Alberto el Guachimán, era claro que quería su pago y para ello mostraba toda su caballerosidad escoltándome hasta mi vehículo. Pero en vez de recibir sus monedas  Don Alberto el Guachimán dio dos pasos hacia atrás, se erigió elegante, estiró su cuello e insufló su pecho, con voz grave y los brazos señalando mi vehículo dijo lleno de extraño convencimiento:
-Y dígame señora, ¿qué ve?
-¿Que qué veo? ¡¿Que qué veo?! Diay, ¡que mi carro no tiene búmper!
-Así es -replicó casi contento. - Pero no se preocupe, venga.
Claro, y cómo me iba a preocupar, cómo iba yo a tener esa aberrante idea de preocuparme. Si acaso ese diciembre que se acercaba a pasos agigantados no traería consigo las obligaciones de aguinaldos, marchamos, impuestos, cuestas de eneros, regalos para los clientes corporativos, regalos para los clientes amigos, y regalos para todos los no amigos, pues una verdadera amistad no aceptaría en diciembre ni una cajeta. Qué era un búmper más o un búmper menos en la vida de aquel mes ingrato.
Y siguió caminando, y yo lo seguí. Admito que en algún momento pensé que iba camino a mi rapto seguro. Pero también consideré la mágica posibilidad de que don Alberto el Guachimán tuviera guardado entre las hendijas de la calle y la acera mi búmper, y que ahora estuviera esperando el pago por su rescate.
Caminó unos setenta y cinco metros hasta llegar a una casa. Era una casa vieja, de antes, de verjas verdes, de esas que solían ostentar lujo pero que ahora estaba más que perdida en esa locación. En esa cuadra ya no habían recuerdos, y por ello no había espacio para casas viejas y jardines. En algún momento la improvisación criolla creyó crear oficentros solamente con colgar cerca de las puertas una placa de cobre que dijera "licenciado". Y así se perdieron las memorias de hogar en aquellas aceras.
Don Alberto el Guachimán tocó el timbre, yo me asomé por las verjas verdes y apareció como una madona rolliza La Secretaria, sonriente y musical, y sin mucho preámbulo le preguntó a don Albero el Guachimán:
-¿Entonces ella es la señora? - Y sin esperar respuesta me miró sonriente y me dijo - ¿Cómo está señora? Pase, la estábamos esperando, ya tenemos listo café.
Y claro, era lo más normal que me estuvieran esperando con café incluido en aquella casa de antes de verjas verdes a mí: la desconocida señora. No había nada de qué extrañarse, y mientras pensaba en eso, estaba yo portones adentro, y don Alberto el Guachimán no estaba más conmigo. Me dio algo de ansiedad de separación, pero seguí el olor del café. Y mientras pensaba que ya era suficiente eso de "señora" (yo sabía que no me estaba haciendo más joven y que en definitiva cada día era más una señora, pero no era deshonesto admitir que apenas me estaba acostumbrada a ser llamada por esa palabra y que la verdad nunca me habían dicho tantas veces señora en un día, como en aquel día) me iba adentrando en el tiempo sobre ancestrales pisos de terrazo.
Cuando me senté en la silla (ya me estaba tomando la taza de café) me percaté que había en aquel lugar al menos cuatro máquinas de escribir. Claro que consideré también la posibilidad de que esa bebida tuviera alguna sustancia enervante y que finalmente se diera mi rapto, pero me atraparon más los recuerdos, a pesar de haber creído que aquellas casas ya no tenían memorias. Y mientas saboreaba mi café (realmente ya no me importaba si tenía o no sustancias enervantes) pensaba más bien en los ritmos de la máquina de escribir. Aunque inicialmente yo solamente esperaba encontrar en alguna hendija entre la calle y la acera mi búmper, terminé (no sabía si mis días) caminando sobre terrazo de antes dentro de una casa de verjas verdes en una cuadra sin memoria (ahora ya no tenía más café). Miré a mi alrededor nuevamente las cuatro máquinas de escribir. Me acordé de su sonido, de su ritmo en realidad, y me remontó a la niñez. Casi lo cantaba: pica pica pica pica, se detiene (y recuerdo el dedo meñique de mi madre picando el tabulador) el radex hacía su magia blanca, y pica pica pica, matraca,  palanca para rotar el rodillo, fuera hoja, rodillo rodillo, espaciador, palanca de carro libre,tac, pica pica y va de nuevo. Parece que fue ayer, pero no, fue hace muchos años, antes de que me empezaran a llamar señora. Lo curioso es que me siento tan joven, pienso si se sentirá una igual con unos setenta años.
El piso de terrazo tiene una belleza olvidada.
Y apareció ante mis ojos un Señor de Antes, alto, enjuto y muy elegante. Se me acercó con una amplia y serena sonrisa. Yo puse la tacita de café en la mesa por aquello de tener que salir corriendo.
-Buenos días señora.
-Buenas- murmuré.
-Necesito disculparme, yo tuve un accidente y le arranqué su búmper. Pero no se preocupe.
Está bien, pensé, acepto me rindo, ya no voy a preocuparme. Apareció ante mí la Secretaria, sonriente, vasta y dulce, con una hoja impresa (en computadora claro está). Habló elegante él:
-Acá tenemos un borrador del documento en el cual manifiesto los hechos, me hago responsable, y me obligo al pago de los daños. La estábamos esperando porque necesitamos sus datos. (Pica pica pica, palanca para rotar rodillo, espaciador, carro libre, pica pica). Yo no sé por qué, pero comencé a sentir  ganas de sonreír y de llorar.
Se sentó frente a mí el Señor de Antes, se sentó enjuto y con tanto garbo. Cruzó su pierna y con sus dedos rápidos levantó la tela de su pantalón desde la rodilla para poder cruzarla. Tenía los zapatos lustrados y unas medias de seda. Yo no lograba escuchar muy bien lo que me decía por culpa de mis ojos llenos de lágrimas, pero sonaba como máquina de escribir, con ritmo en sus palabras que me remontaban a las almohadas de la memoria. Leí el documento, pero no era importante. En ese instante sentía que podía firmar lo que fuera. Estaba feliz porque sentí que podía confiar. Confiar, sabía que no necesitaba ni firmas, ni declaraciones, ni papel, sentí la libertad de creer en alguien que era un completo desconocido, y tenía la certeza que todo iba a estar bien.
Tras un rato se levantó y salió.
Regresó alto y enjuto con el búmper en sus brazos. Parecía que llevaba una lanza, que sin darse cuenta y ante mis ojos, rasgó la tela curtida de la realidad y me permitió ver más allá de los desencantos.
Y ahí estaba yo en aquella mañana de noviembre, el día en que la Vida me tocó el hombro y me regaló un paréntesis de tiempo, para permitirme conocer a mi quijote personal y a un sancho panza con ojos azul Volcán Poás.
Gratitud.

La Nada



Ayer fue uno de esos días mágicos, que aunque rodeados por el Todo caótico, se convirtió en un paréntesis del tiempo.

No tuve que salir de los límites de tiquicia. Es más, fue en el centro de San José. Y no, nada grandioso sucedió. Era un día como todos, que además de gris estaba cruzado por plazos y juicios y futuros inciertos, que en la angustia que me es propia, se convierten en hechos aún más reales que el ahora.

Ayer decidí caminar. Decidí caminar a pesar del carro, a pesar del tiempo, a pesar de la lluvia y a pesar de San José. Decidí caminar sobre todo a pesar de mí.

Fue un acto de libertad. Y caminé desde el INS hasta un café pasada la Alianza Francesa. Llovía y no me importaba. Sentía el agua en los pies anegada, en la cara y chocando contra mis lentes. Entonces la lluvia se escurría ante  mi mirada como si caminara pegando la nariz a una ventana. Como antes, como cuando era niña y poseía el tiempo, y daba lo mismo mirar una mosca volar entre el marquiset y el vidrio y respirar sobre el vidrio y ver tras el vidrio llover.

Caminé despacio como pocas veces, no andaba tacones altos. Los zapatos planos me permitían mecerme con toda la propiedad posible entre adoquines mal puestos, huecos en las aceras y cordones del caño resquebrajados. Anduve como si hiciera equilibrio. Las lluvias, los Otros y la inseguridad ciudadana no me estorbaron. Tampoco las bolsas de basura que yacían yertas en las esquinas repletas de gotitas de agua. Hice equilibrio por la cuerda floja de esas calles en una tarde lluviosa de San José.

Cruzando la calle me topé con la mirada de la Viejita que siempre ha estado en una esquina con un pañuelo anudado a la cabeza y con tres perros. Siempre la veo, pero hasta ayer le dije “buenas tardes”. Me sonrió con sus encías. La miré fijo para memorizar esa sonrisa. La próxima vez que la vea y yo esté teñida de prisa será diferente, ya nos conocimos más, ya nos sonreímos. Ya no somos extrañas.

Pasé por sodas y bares. Cada uno olía diferente, como si las personas que entran dejaran un rastro de su esencia. Cada aroma y cada historia se convertían en una única, dentro de recintos que más allá de comidas venden "paradas de vida". Pequeñas estaciones que llaman mesas, sobre las cuales se posan pensamientos, y sueños entre comidas. Algunos minutos de paz, otros tantos de prisa, soledad o compañía. Paradas de vida, esperando el destino y el momento para llegar a algún otro lado. A pesar de la "evolución" seguimos siendo nómadas.

Llegué a un café y me tomé un café. Simple.  Me tomé el tiempo de sorber y escuchar la lluvia. Y de observar. Tras la ventana pasaban las personas, bajo el techo me sentía abrigada y dentro de mí se colaba la paz.

Y nada. Me fui caminando de vuelta y bajo el agua.

Ayer planté mi bandera entre el caos y la angustia. Gané libertad que tal vez hoy volví a perder, no importa, atesoro el momento. Ayer no se me escurrió el tiempo entre los dedos, ayer  logré soplarlo para que subiera por el cielo hasta que ya no pudiera verlo más. Y justo en ese momento, dejé de escuchar por un segundo "tic tac".



miércoles, 14 de agosto de 2013

ACERCA DE CÓMO QUEDARSE ATRAPADA SIN SALIDA. -Historia verídica de gabipeña-



En un día de empoderamiento y gestiones múltiples decidí ponerme mi vestido favorito, color gris ratón, de tela vaporosa perfecto para cuando una suda la nervia, cola más larga que la parte frontal por aquello del estilo. 

Resuelta la mañana de forma positiva, me regalé ir a almorzar a mi casa de previo a una cita en los tribunales (factor tiempo, importante). Para aclarar la mente y alcanzar un poco de paz abrí la puerta secundaria de mi casa (la odiosamente llamada " puerta de servicio"), ya que dispuse que esa entrada fuera mi jardín de macetas y tragaluz y las plantitas necesitan de aire fresco (yo también).

Almorcé de buena gana y atenta al reloj mientras los vientos cruzados refrescaban. Ya era hora de irme, pero antes no podía olvidar que tenía que cerrar esa puerta secundaria que da al vestíbulo del tercer piso del edificio donde vivo... Dejé la cartera y el celular en la mesa del comedor y coloqué el teléfono inalámbrico en la base correspondiente. Salí al vestíbulo y dejé la puerta principal abierta, para entrar de nuevo, una vez que cerrara la puerta secundaria. Estiré la mano para "jalar" la puerta y un viento bucólico e idílico entró desde el primer piso subiendo con prisa y travieso por las escaleras. Maloso el viento levantó mi falda vaporosa, cosa poco importante para mí en ese momento que jalaba la puerta, porque sabía que no había nadie cerca y ¡AY! cerré la puerta CON el vestido (tamaño poco de tela incluido) atrapado entre las bisagras.... Y en el piso no había gente.... 

No podía sacar el vestido de entre las bisagras, y la cartera con el celular estaba muy lejos, muy lejos. Me puse a llamar “HOLA VECINOS SOY GABIPEÑA LA DEL OCHO, UPEEE, VECINOS, VECINO DEL SEIS Y DEL SIETE, SOY GABIPEÑA AYUDA.” Nada... Me empezó a dar "nerviosismo" y me puse a llamar (casi gritar) al conserje del edificio “ALEJANDRO IUJU, ALEJANDRO SOY GABIPEÑA, AYUUUUDA AYUDAAAA SOY GABIPEÑA ACÁ DESDE EL TERCER PISO...” Pero luego me acordé que en ese lugar matan gatos, y me dio pavor que mientras estuviera atrapada sin salida, sin posibilidades de moverme, llegara el espíritu mata gatos y me hiciera un "macuá".

La hora, la cita, los tribunales, las bisagras, mi vestido, los gatos. Empecé a tirar dispuesta a romper la tela de mi vestido favorito, pero ¡no cedía! ¿Cómo llamar al cliente para avisarle? ¿Qué iba yo a decir en el despacho? "Señor juez no pude llegar porque me atrapé entre mi vestido vaporoso y las bisagras de la puerta del servicio por culpa del viento idílico. Sí señor juez, esa que llaman puerta de servicio, feo nombre ¿verdad? Diay señor juez, mis planticas necesitaban aire... y yo también. Es que el día estuvo muy socado... Sí entiendo, la agenda del despacho..."

En eso, caí en cuenta de todos los años que practiqué los cambios de vestuario entre telones de Gigirey. Recordaba cómo decía "tienen once segundos para cambiarse, ONCE SEGUNDOS" (ONCE SENGUDOS, leánse con acento cetáceo de Dory). Era eso o perder la audiencia, el cliente, el vestido. Primero la faja, y la escondí debajo de una maceta. Luego un brazo. Luego el otro. Antes de la decisión final grité ¿hay alguien? Nada. Me quité los tacones (tampoco quería caer escaleras abajo en ese estado), con los hombros fui subiendo el vestido rápido, rápido; mambo de hombros desesperados y ¡TAZ! fuera ropa. CORRA GABI CORRA, NO RESBALE, CUIDADO SE DESCONEJA, MÉTASE A LA CASA, EL VESTIDO AHÍ PEGADO NO IMPORTA, CORRA, ESO, TIRE LA PUERTA, QUE NADIE LA VEA. Y acá estoy, llegué un poco tarde pero todo bien.

Al final, nadie sabe en qué va a usar ese montón de cuestiones aprendidas a lo largo de la vida. Gracias Gigirey, por hacerme practicar los once segundos de cambio entre bambalinas.

El vestido quedó con una mancha de grasa del portón de un lado, un montón de arrugas del otro y un enorme susto entre el botón y sus ruedos. Qué cosas pasa una. Al final con mi cliente todo resultó bien.No me pareció lo propio explicar por qué llegué con la falda arrugada.