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viernes, 22 de abril de 2011

En el vergel


Cuando era chiquilla y mi tío era sacristán de la iglesia del Padre Pipo, yo tenía una costurera.

Ella vivía a unas cuadras de la Iglesia de Barrio Luján. Se llamaba doña Ana. Tenía los dedos como bolillos de tambor y aliento a muerte. Era buena.

Cada vez que íbamos después de misa, mi mamá y yo cantábamos: “Doña Ana no está aquí, anda en su vergel, abriendo la rosa y cerrando el clavel…”. Mami, por qué se tiene que cerrar el clavel.

En ese par de cuadras durante ese espacio de mi vida, siempre hubo un lote baldío, y una casa con un pretil lleno de “Coronas de Cristo”. “No toque que se espina, no le quite la flor que esa lechilla es veneno”. Yo me espinaba mientras me imaginaba al niñito Dios coronado con veneno.

En el lote baldío y desde lejos imaginaba tesoros: botellas de Milory que brillaban al sol, zapatos sin pie, bolsitas vacías de bolis, envoltorios de banderines con esos colores tan vivos, y lapiceros kilométrico sin tinta. Tanto vi ese día que me caí, y el resto de la cuadra y media sólo tuve ojos para ver la sangre que chorreaba de mi codo, y las piedritas que se quedaron incrustadas en él. Doña Ana me limpio con “mentiolei”.

Decía mi tío en esa época en que era sacristán: Vieja bruja. Yo no entendía. Y cada vez que entraba a esa casa de largo zaguán y una ventana, me fijaba detrás de la puerta buscando la escoba. Solamente la vi una vez, cuando quebré el vaso de limonada que me estaba tomando en la sala.

Pero ese día la escoba sólo barrió.

Vivían en esa casa, además de doña Ana, tres gatos y un hijo loco –eso decía mi tío-, al cual sólo tuve la oportunidad de conocerle un ojo. El ojo que asomaba por un hueco de la puerta cada vez que alguien llegaba. Mami se hacía la que no lo notaba, entonces yo también.

Tres gatos, un cíclope, y una costurera. Adónde estaban las rosas, o el clavel. Toda su casa y su piel eran como papel periódico puesto al sol, como ese que se secaba en el lote baldío.

Tengo en mi memoria infante las cicatrices de los alfileres que me punzaban cada vez que me probaba la ropa al revés. Y todavía recuerdo el miedo que sentía cuando me tenía que quitar el vestido y se quedaba pegado en mi cabeza; no podía ver, no podía respirar y el poco aire olía a orines de gatos. Los alfileres me punzaban en el cuello de aquella estancia olvidada, pero sus cabecillas tenían lindos colores tornasol.

Me entalló para mi vestido de Raggedy Ann que debía de usar en la escuela.

Fui un par de veces más de la mano de mi abuelo. Mi mamá decía que mi abuelo tenía las manos repletas de melancolía.

Mi abuelo me dio la mano, vi los mapas lechosos y le pregunté: Qué es melancolía. Y él me contestó: Es una gran tristeza.

Entonces iba donde doña Ana de la mano tristísima de mi abuelo, buscando en el camino la corona de espinas de Cristo –de la cual el padre Pipo habló en la misa en la que mi tío era sacristán.-

Sin mi mamá sólo musitaba la palabra vergel – ¿qué significaba?- Buscaba la escoba detrás de la puerta, y al cíclope en la pared. Nunca más tomé limonada. Y la casa cada vez más olía a gato, a polvo y a muertos.

Me dio varicela, nunca usé mi vestido, y mi tío renunció a los hábitos (mi abuelo se murió de tristeza, pero esto fue muchos años después).

Un día mi mamá dijo como si nada “se murió doña Ana”. Morirse, ¿qué es eso? ¿Y el cíclope? ¿Y los gatos?

-Mami ¿y el esposo de doña Ana? – No sé, nunca tuvo.

Hoy me encontré el vestido. No lo pude botar.

5 comentarios:

  1. No pude dejar de leer hasta el final.

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  2. Buenisimo! Y en cuanto al vergel, ese fue uno de los grandes misterios de mi infancia. Mi mama Margarita me cantaba la misma cancion mientras me daba de tomar mi medicina para la alergia mezclada con jugo de naranjas recien exprimidas. Keep 'em coming!

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  3. Melancólico es como se siente uno al leer esta hermosa historia, está escrita tan bellamente que me transportó al lugar, es como si uno estuviera ahi, es como si tuviese a los gatos a la par. Bella escritura Gabita, nunca botes ese traje, es parte de tus recuerdos :)

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