miércoles, 21 de noviembre de 2012

6:30 pm un día cualquiera entre semana.

... entonces se supone que tengo que ser crítica del sistema, pero para eso además debo de estar informada, a razón de lo anterior debo leer, pero además la lectura debe ser renacentista y debo leer clásicos de Grecia, pero también las novelas contemporáneas que han incidido en nuestra historia, ah sí, de historia también hay que saber, pero la nacional y la internacional, pero además debería poder recitar los versos más hermosos, sin embargo no está de más un poco de conocimiento general, y de ahí la importancia de saber de fútbol para poder hablar con todo el mundo, pero también de la señora Gaga y no sé qué más, esto sin olvidar a los clásicos como Madonna quien se conserva tan bien, ¡y claro! practicar yoga, porque también se supone debería de ser de las que se ejercitan por una vida sana (no sólo el cuerpo sino la mente también) y el estómago! pues debo comer sano y orgánico, pero bueno también me gustan los chicharritos, y hablando de la chatarra también debería de salir a correr y andar en bicicleta, y se supone que debería de saber del buen vino, y tal vez la buena cerveza, y en definitiva del buen whiskey, pero también debo pensar en las cosas importantes, y dar gracias por ello, y bueno lo importante es ser ciudadana responsable y respaldar instituciones baluartes tales como la CCSS, pero ojo que durante todo esto una como mujer no se puede ver una fea, entonces, en el ínterin de educarse, leer, andar en bici y tener conciencia, muy arregladita verdad, sin que esto me haga esclava, pero además se supone que debo tener hijos, ojo que no debo reforzar el mito de la madre, pero tampoco se puede ser puta, pero sí debo ser exitosa en lo que hago, pero tener claro que el éxito no es el dinero sino la satisfacción que se siente al acostarse en paz con una misma, y para ello debo estar motivada y sobre todo practicar una escucha empática, todo en un delicado equilibrio y evitando a toda costa  caer en ser una pseudointelectual, sin olvidar que también debo acudir al humor que es el mejor de los remedios, debo honrar a padre y madre y amar y respetar a los animales, pero debo exigir el respeto por mis derechos, y para ello se debe tomar una posición dentro del sistema que al principio tuve que criticar, y acá es adonde cito a Mafalda y pido una Nervocalm...

viernes, 19 de octubre de 2012

Receta para limpiar el alma.

Tome una cebolla blanca, muy grande. Tómela directo de la canasta de la góndola del supermercado (no espere a la feria del agricultor el sábado, no dilate por lo urgente aquello que es importante). Tome una cebolla blanca muy grande. Tome un cuchillo bien afilado. Introduzca, con cuidado y en la mitad de la cebolla, el cuchillo. Ejerza fuerza, presión y de un solo tajo pártala. Pártala a la mitad. Quítese las gafas. Deje que el humo de la liliácea se aspersione en su cara. Quite la piel seca, lento y con cuidado. Lleve el bulbo cerca de su pecho mientras ejecuta esta tarea.  Quite con cariño la piel seca, deje el resto expuesto. Tome la cebolla desnuda y píquela finamente. Acerque su cara y observe.  Ahora, permítase llorar. Sienta  cómo le brotan las lágrimas. Disfrute. Entrecorte su respiración para ejecutar un llanto más dramático. Deje brotar esas lágrimas. Si es necesario, curve su cuerpo hacia adelante. Paralelamente hunda sus dedos en aquel picadillo. Luego, limpie con ellos las lágrimas de sus ojos. Llore sin parar. Sofría sus lágrimas en aceite de oliva extra virgen. Pique en julianas el tiempo y en rodajas el espacio. Revuelva. Una vez finalizado el llanto, guarde la cebolla sofrita en el refrigerador. Usted lávese las manos con limón criollo, la cara con agua fría. Acuéstese a dormir y permítase soñar.

jueves, 2 de febrero de 2012

Dicen que vivir es morir un poco...

Morir. Pareciera la antítesis de estar con vida. No es cierto.

Supuse que esa tarde él moriría, al menos un poquito. Lo supuse cuando frisando las cinco entró un guarda a la sala y le dijo a los presentes (muchos familia, otros pocos estudiantes) " Apaguen los celulares y siéntense en la segunda fila de bancas". A partir de eso, mis segundos se aferraron a la vida y discurrieron más lentamente.

Capturé esas caras, a mi lado y en las bancas. Como fotografías los quise memorizar antes de su prematura tragedia. Pero ellos no lo sabían, no sabían que a poquitos ya se estaban muriendo, y bueno, a mí no me gusta fotografiar a los muertos.

Supuse esa muerte (primera fase) cuando entraron más guardas a esa sala, y entonces una parte de mí saltó fuera de mi cuerpo. Así mientras escuchaba, también podría ver cómo los conceptos y las palabras eran capaces de arrancar un pedazo de vida, y cómo es que las caras se quiebran con las lágrimas.

Pude ver cómo los rostros impávidos también poblaban esa sala. Esos rostros quizás también se murieron un poco, pero aún no se han dado cuenta.

Ahora no era un guarda, eran tres. Uno a la salida, otro junto a las bancas. El tercero no lo recuerdo.

La espera entonces se estiró como un pedazo de tela desgarrada.

Yo supe antes de comenzar a escuchar.

Tres juezas, nueve años, un sollozo ahogado.

Mi otro yo me tomó de las mejillas y giró mi cabeza hacia él, mi nuevo muerto. Él se relajó, manos y brazos. No sé, tal vez fue cuando su vida se le salió y dejó sólo lo necesario para respirar.

"... saquen a los que lloran que no me puedo concentrar..." dijo ella mientras siguió justificando la sentencia.

Con letra firme anoté nueve años, luego otra vez lo miré y asentí. Le dije con el silencio cuánto lo sentía, que no lo abandonaba, pero que eran nueve años muerto en vida.

Prisión. La palabra fue dicha.

Y ahora la muerte en su segunda fase arremetía a golpes contra él. Dos custodios, dos chalecos y dos esposas, se pararon tras de mí (mi yo físico) y atrás de mi nuevo muerto. Nuevamente lo miré fijo. Tomé su mano fría y gesticulé con mis labios la palabra cárcel. Pero mi otro yo, el que saltó fuera de mí, fuera del mundo de los muertos le gritaba: "Se da cuenta que usted no dormirá hoy en su cama, no volverá a su casa, no besará a sus hijos ni a los hijos de sus hijos ni a su esposa? No sabe adónde va, no sabe a qué olerá ese nuevo lugar, ya nada es suyo, ni siquiera su tiempo. Ya no es ni será el mismo. Usted ya hoy está muerto".

Segundos laxos cruzaron el espacio entre mi muerto, sus custodios, y las palabras.

¿Sabían que se siente por la espalda el calor de los custodios? ¿Sabían que las esposas suenan como campanas? ¿Sabían que apresar a un hombre muerto es una tarea fácil, porque pesa como el viento, y tiene brazos de papel?

Se fue.

No, se lo llevaron. Creo que con una mano dijo adiós.

Yo me quedé en pie mirando. Manos firmes. Cuerpo erecto. No sé cómo. No lo sé. Él traspasó la puerta, y con ello la muerte en tercera fase. Yo debía mantener su honra sobre mi frente en alto. Yo soy ahora su conexión con el mundo de los vivos. Yo no me doblé únicamente por la memoria de mi nuevo muerto. Nada más.

Vi al tercer guarda. Estaba delante de mí. También sentí el calor de su espalda.
Abracé a la nueva viuda, a los huérfanos, limpié lágrimas ajenas mientras mi otro yo se sentaba a la orilla del caño mirando llantas pasar a través de dos enormes pozos de lágrimas.

Yo hablé con propiedad, di pautas, pasos a seguir. Hice las llamadas. Sostuve manos, limpié más lágrimas. Ofrecí el consuelo más barato y vergonzoso de mi vida: sean fuertes, aún hay mucho por hacer.

Emprendí mi camino, y mi otro yo saltó de nuevo en mí, se abalanzó con tal fuerza que me hizo volverme hacia la nueva viuda y casi ordenarle ¡Llore, llore mucho porque esto duele, carajo, duele como la muerte, esto es una tragedia!"

Se fueron. Yo fui a celdas. Volví a mi carro, regresé a mi hogar. Cené porque hay que continuar. Mañana continuaré mi vida y seré esclava de mi tiempo ¡pero es mío!

Esta noche ellos no están durmiendo. Ni mi muerto, ni su viuda, ni sus huérfanos. En realidad yo tampoco. Este peso de prisión me aprieta. Tal vez mañana yo dormiré. Ellos ya jamás.

Dicen que vivir es morir un poco. Es cierto.

Yo hoy también morí con él, encerrada en esa mugrosa celda.


viernes, 12 de agosto de 2011

Luto


Mientras mi espíritu vuela,
Mis alas reposan sobre clavos.



...
PD: ¡que viva la marcha de las putas!

domingo, 1 de mayo de 2011

Tango

Tango. Abrí mis brazos ante tu pecho inminente. Tomaste mis manos.

La sombra hirsuta de tu faz se clavó entre mi ritmo. Y el suave respirar de tu boca se robó mi voluntad.

Sobre tu pecho me dejé ir. Entre tus piernas comencé a bailar.

Enjuta piel. Fuertes brazos. Olías a día y a noche. Y en la cueva de tus manos el calor fundió mi cuerpo entre tu ritmo.

Tango, más!

viernes, 22 de abril de 2011

En el vergel


Cuando era chiquilla y mi tío era sacristán de la iglesia del Padre Pipo, yo tenía una costurera.

Ella vivía a unas cuadras de la Iglesia de Barrio Luján. Se llamaba doña Ana. Tenía los dedos como bolillos de tambor y aliento a muerte. Era buena.

Cada vez que íbamos después de misa, mi mamá y yo cantábamos: “Doña Ana no está aquí, anda en su vergel, abriendo la rosa y cerrando el clavel…”. Mami, por qué se tiene que cerrar el clavel.

En ese par de cuadras durante ese espacio de mi vida, siempre hubo un lote baldío, y una casa con un pretil lleno de “Coronas de Cristo”. “No toque que se espina, no le quite la flor que esa lechilla es veneno”. Yo me espinaba mientras me imaginaba al niñito Dios coronado con veneno.

En el lote baldío y desde lejos imaginaba tesoros: botellas de Milory que brillaban al sol, zapatos sin pie, bolsitas vacías de bolis, envoltorios de banderines con esos colores tan vivos, y lapiceros kilométrico sin tinta. Tanto vi ese día que me caí, y el resto de la cuadra y media sólo tuve ojos para ver la sangre que chorreaba de mi codo, y las piedritas que se quedaron incrustadas en él. Doña Ana me limpio con “mentiolei”.

Decía mi tío en esa época en que era sacristán: Vieja bruja. Yo no entendía. Y cada vez que entraba a esa casa de largo zaguán y una ventana, me fijaba detrás de la puerta buscando la escoba. Solamente la vi una vez, cuando quebré el vaso de limonada que me estaba tomando en la sala.

Pero ese día la escoba sólo barrió.

Vivían en esa casa, además de doña Ana, tres gatos y un hijo loco –eso decía mi tío-, al cual sólo tuve la oportunidad de conocerle un ojo. El ojo que asomaba por un hueco de la puerta cada vez que alguien llegaba. Mami se hacía la que no lo notaba, entonces yo también.

Tres gatos, un cíclope, y una costurera. Adónde estaban las rosas, o el clavel. Toda su casa y su piel eran como papel periódico puesto al sol, como ese que se secaba en el lote baldío.

Tengo en mi memoria infante las cicatrices de los alfileres que me punzaban cada vez que me probaba la ropa al revés. Y todavía recuerdo el miedo que sentía cuando me tenía que quitar el vestido y se quedaba pegado en mi cabeza; no podía ver, no podía respirar y el poco aire olía a orines de gatos. Los alfileres me punzaban en el cuello de aquella estancia olvidada, pero sus cabecillas tenían lindos colores tornasol.

Me entalló para mi vestido de Raggedy Ann que debía de usar en la escuela.

Fui un par de veces más de la mano de mi abuelo. Mi mamá decía que mi abuelo tenía las manos repletas de melancolía.

Mi abuelo me dio la mano, vi los mapas lechosos y le pregunté: Qué es melancolía. Y él me contestó: Es una gran tristeza.

Entonces iba donde doña Ana de la mano tristísima de mi abuelo, buscando en el camino la corona de espinas de Cristo –de la cual el padre Pipo habló en la misa en la que mi tío era sacristán.-

Sin mi mamá sólo musitaba la palabra vergel – ¿qué significaba?- Buscaba la escoba detrás de la puerta, y al cíclope en la pared. Nunca más tomé limonada. Y la casa cada vez más olía a gato, a polvo y a muertos.

Me dio varicela, nunca usé mi vestido, y mi tío renunció a los hábitos (mi abuelo se murió de tristeza, pero esto fue muchos años después).

Un día mi mamá dijo como si nada “se murió doña Ana”. Morirse, ¿qué es eso? ¿Y el cíclope? ¿Y los gatos?

-Mami ¿y el esposo de doña Ana? – No sé, nunca tuvo.

Hoy me encontré el vestido. No lo pude botar.

domingo, 17 de abril de 2011

Receta de miel de chiverre


Receta de miel de chiverre. 1. Se va al mercado. Sí, al costado oeste del banco negro -que ya no es negro sino plateado con líneas azules y rojas-. No, nadie la asalta a una en el mercado. Eso es una ficción del síndrome de inseguridad ciudadana que padecemos. Se va al mercado para comprar el chiverre. 1. (bis) En el mercado se compra el chiverre. En el alambicado de calles y avenidas dentro del mercado se buscan las hojas de higo. Higo. Ese nombre sabe en las encías de tan dulce que es. Y se pregunta una: "Tengo en mis manos las hojas de higo, y en mi recuerdo el sabor en las encías; pero cuántas gentes pueden decir hoy en día: -Ah, eso es un árbol de higos.-" Luego pensé: "Yo sí, en mi patio había un árbol de higos, y llegaban las viudas a comer." Y se pregunta una cuántas viudas ve una al día; bueno pero viudas azules y emplumadas. Aunque las viudas sin plumas se pueden poner grises de tanta tristeza, y según la luz se pueden ver azuladas. Pero bueno, de vuelta al mercado. En el mercado se compra el chiverre, las hojas de higo, las semillas de tamarindo. 2. Se sale del mercado haciendo bastante fuerza para que no ruede el chiverre por el boulevard, la acera, o la calle. Se cruza el costado oeste del banco negro que no es negro, y se aguza bien la vista para no chocar con transeúntes despistados que se atraviesan, o que no conocen las reglas más básicas del ser peatón. Se tiene sumo cuidado en no doblarse un tobillo en algún hueco de la acera o la calle, o de caer al caño. Se respira bien hondo y se hace más fuerza, se aferra una al chiverre y cruza el costado oeste del banco negro, y ahora sí siente una que la pueden asaltar, pero es que si algún hijo de puta me asalta le reviento el chiverre en la cabeza. Se aferra una al chiverre y se llega a la avenida segunda para tomar un taxi -porque es una locura ir a San José en carro-. Se dispone una a tomar el taxi, pero qué va, no se puede, están los policías de tránsito haciendo partes, y los taxis no paran sobre el costado norte de la avenida segunda. Hay que caminar hasta el parque ese que no sé cómo se llama porque una nunca va a San José -y menos a pie- porque la pueden asaltar- aunque también es una locura ir a San José en carro-. Se aferra una al chiverre, a las hojas de higo, y a las semillas de tamarindo. Se camina sobre el costado sur del banco negro que ya no es negro, capiándose los señores que a la derecha de la acera y frente a los cajeros autmáticos venden CDs quemados, capiándose a la izquierda las ventas ambulantes, y en el medio a los y las chanceras (así hay que decir ahora), y a los peatones que no se dan cuenta que una va cargando un chiverre! Se llega a la esquina porque es lo propio cruzar las calles en las esquinas, y se cruza la avenida segunda con cuidado de no chocar con la horda humana que viene al frente de una, para enrumbarse a la parada de taxis que está en el costado norte de este parque que no recuerdo cómo se llama. 3. Se toma un taxi, el primero en la fila, aunque una quiera tomar el quinto o el sexto porque es un carro más limpio, o un chofer mejor rasurado -qué feos los hombres grasientos-. Pero si una toma un taxi que no es el que sigue, le chiflan y dicen cosas que para qué quiere escuchar una. Se sienta el chiverre sobre los regazos, y se agarra fuerte fuerte el paquetito de semillas de tamarindo y las hojas de higo. Se fija la mirada sobre la maría con la esperanzaque no esté traveseada. 4. Se llega a la casa, y se pagan los diez mil colones que cobró el ladrón del taxi. Se bajan el chiverre, las hojas de higo, las semillas de tamarindo, y esta que escribe la receta. 5. Se coloca el chiverre en una mesa amplia. Se busca un cuchillo con bastante filo. Se lava una las manos. Se toman los puntos uno, uno bis, tres y cuatro que anteceden, y se arremete a cuchilladas contra el chiverre. Se revienta la cáscara del chiverre a punta de cuchilladas, y se mira con la ingenuidad de una niña que le corta el rabo a una lagartija, cómo se empapa de savia el chiverre. Se ve su cáscara rota, heridas con arma blanca, savia que brota, cuchillo en mano. 6. Se precalienta el horno a 250 grados. Se coloca dentro del horno el chiverre herido y húmedo de su caldo. No duda una en pensar si será todo esto una tortura válida para el pobre chiverre, y cómo luego, una osa llamar al producto "miel". Se deja asando el chiverre. 7. Asado el chiverre, caliente e inerte, en cada una de las heridas se hunde nuevamente el cuchillo. Como una polea, la mano empuja hacia abajo para que con la punta del arma se arranque la piel del chiverre. Queda desnudo y blanco el chiverre. 8. Se parte la carne del chiverre... Se hunde el cuchillo nuevamente y se parte en cuatro, y quedan expuestas las vísceras del chiverre, las cuales una debe de sacar. La pulpa suave en las manos, las semillas resbalosas. Se va aniquilando la corporeidad del chiverre. Se lava. 9. Con una piedra bola -de esas que da el río-, se golpean con fuerza los pedazos de chiverre. Pulpa, piel, carne. Hasta que va una deshilachando aquella calabaza que era redonda y grande, y que una llevó sobre los regazos dentro de aquel taxi, y a la cual una se aferró mientras cruzaba el costado oeste y sur del banco negro. 10. Desperdigado el cuerpo de chiverre ante los ojos, se limpia una las lágrimas. Con amor se separan las semillas de la pulpa y piel deshilachada. Se miran las hebras, se califican, y se lanza la carne deshilachada del chiverre a una olla caliente. Se seca una las lágrimas. 11. Se busca la redención, y se trata de endulzar el cuerpo torturado del chiverre -casi como pidiéndole perdón y susurrando "en muerte te llenaré de gozo"-. Se coloca la tapa de dulce, que se puede conseguir en el automercado, si en el alambicado de calles y avenidas del mercado se le olvidó a una comprarla. Una tapa, dos. Una taza de agua. No más. Un paquete de clavos... de clavos de olor, no vaya a ser ahora crucificado en miel nuestro chiverre. Clavos de olor, no de dolor. Canela en astillas, canela quebrada y seca. Las hojas muertas de higo -por eso las viudas se ponen azules de tanta tristeza-. Pero con mucho amor se le da constantemente vuelta al chiverre. Se mezclan todas los torturados ingredientes de la receta con una cuchara de madera. Se da vuelta, y vuelta, se cuida el chiverre. Se vierte vainilla. Se agregan unas cinco o seis semillas de tamarindo, apenas para que no quede demasiado dulce la miel. Es necesario un poco de amargo o de ácido para mantener el balance en esta vida. 12. Se espera que todo se mezcle. El chiverre no debe quedar blanquecino, sino color tapa de dulce, y un poco cristalizado. Se espera que se evapore toda el agua que salió de la fruta del chiverre. Se da más vuelta a la fibra de chiverre. Pueden doler las manos, pero es normal, la cuchara de madera fricciona con la piel. Puede salpicar agua dulce sobre una, pero es normal, así se le quita lo salado al sudor y a las lágrimas. Se deja reposar al chiverre. Descanse en paz. Se sirve, y se engulle la historia de todo un día.