domingo, 3 de enero de 2016

HUELE A BETÚN DE ZAPATOS


Me prometí escribir más este año.

En mi compulsión  le puse medida: al menos una hora diaria. Año nuevo propósitos que duran veinte días.

Escribir se me daba natural, cuando era una niña. Luego crecí. No me di cuenta cuándo, pero crecí. Este año cumplo cuarenta. Ayer tenía veintiún años. Añoro la niñez y hoy me da miedo escribir.

Tengo miedo. Hace muchos años tengo miedo. Dicen que es ansiedad. Siento que se me nota y que está mal, pero a veces pienso que muchos lo sienten, pero muy pocos lo decimos.

Me prometí escribir más este año, ayer tenía veinte y hoy tengo cuarenta. En el medio escribí muy poco. En veinte años. Y ahora no sé si no recuerdo o realmente nunca pasó mucho (aunque me sucedió una vida).

Hoy es el domingo antes del primer lunes laboral del año. No pasa un año de mi vida adulta  en que no recuerde de forma vívida esas seis noches que cursé durante la escuela (ni siquiera del colegio), de ese domingo antes de entrar a clases.

Creo que siempre fui compulsiva.

La noche antes limpiaba con betún mis zapatos. Se me manchaban las manos cuando pasaba el cepillo por encima de los bordes de los zapatos. Quitarme el betún de las manos era tarea difícil. El olor permanecía en mi piel. En el aire de mi cuarto. En mi alma y se pegó como brea en mis recuerdos.

Era betún negro.

Teníamos dos cepillos y un trapito como de lana. Con un cepillo (generalmente el más feo) pasaba la pasta sobre el cuero. Tenía que quedar opaco. Las  cerdas del cepillo marcaban unos surcos que a mí me gustaba quedaran todos en la misma dirección y en línea cuasi recta. Dejaba reposar los zapatos embetunados  mientras alistaba en orden de tamaño los cuadernos: los lomos al fondo del bulto, con cuidado de que no se pegara el plástico nuevo..

Ahora que recuerdo tenían un aroma similar –el betún y el plástico nuevo-..

Yo no cerraba por las noches el bulto. Lo dejaba abierto. Me gustaba ver el orden de los cuadernos.

Teníamos dos cepillos para embetunar zapatos negros y  un trapito como de lana.

Una vez pasados diez minutos (que contaba mirando las manecillas del reloj que estaba en la sala de mi casa sobre el equipo de sonido), pasaba sobre los zapatos el cepillo más limpio. Ese era el cepillo para lustrar. Ese cepillo casi no manchaba las manos. Era como raspar esa lotería que se raspaba con una monedita para ver si se había ganado algún premio. Había emoción. Así se sentía lustrar los zapatos.

Se lustraban los zapatos con ritmo. Primero el frente porque emocionaba ver el brillo despertar en la parte más vistosa del zapato. Luego la parte de atrás, porque no hay que olvidar los lugares que no vemos. Luego los costados, tenía especial cuidado en que no se notaran esos espacio que no eran ni atrás ni adelante ni los costados. Esos espacios sin nombre pero que también merecían ser lustrados.

Admito que también embetunaba las suelas de los zapatos, y eso me llenaba de orgullo. Con los días esta costumbre hacía que mis zapatos siempre parecieran nuevos.

Siempre tuve mis compulsiones. Aún ahora con cuarenta.

¿Qué habrá sido del reloj que estaba en la sala de mi casa sobre el equipo de sonido?

Cuando las personas se divorcian desaparecen muchas cosas, como por arte de magia. Simplemente se desvanecen, como la idea del matrimonio.

El último paso (hablando de zapatos) era pasar el trapito sobre el cuero. Eso perfeccionaba la tarea. Eliminaba cualquier residuo de pasta y el tacto era de gran ayuda: si el trapo no se deslizaba había que lustrar esa área.

Cuando mis zapatos brillaban y mi cuerpo entero olía a betún, los colocaba al lado izquierdo de mi bulto abierto con los cuadernos acomodados en orden de tamaño.

Encima el uniforme. El uniforme colgaba sobre el pomo de la puerta.

Y ese tenía otro olor. Otro olor que ahora extraño como el olor del jabón impregnado en los brazos de mi mamá.

El uniforme era un “jumper” de tela dura (nunca supe cómo se llama) y una camisa color beis.

Jamás se plancha sin un trapito encima porque la ropa se “lulle”, especialmente la tela del “jumper” que se ponía brillante. Y eso está muy mal visto. El brillo en los zapatos es un deber, pero en el jumper es una afrenta.

Sin embargo el olor del vapor y el  algodón se pegaban en la tela,  como se le impregnaba al brazo de mi mamá el olor a jabón.

Ese tercer olor competía con los anteriores, pero era mucho más silencioso. Apenas lo podía percibir cuando ponía los rollitos de las medias dentro de uno de mis zapatos, ubicados  a la izquierda del bulto abierto, frente a la puerta de mi cuarto y debajo del uniforme.

Ya casi nunca huelo los brazos de mi mamá.

Y así terminaba mi domingo. En ese momento sentía en la barriga  el “sustoemoción” del día siguiente.  Como si el día siguiente fuera un regalo, y yo no me pudiera imaginar qué habría envuelto dentro de ese regalo. Como si...

Me sentaba sobre la cama a observar el uniforme, los zapatos, las medias y el bulto y a permitirme sentir la emoción con la sabiduría de una niña.

Esa noche generalmente no podía dormir. Seguro desde entonces era ansiosa. Pero antes eso estaba bien.

Yo sé que hoy me va a costar dormir. Sé que mañana voy a sentir arena detrás de mis párpados. Pero no van a oler a betún mis zapatos, no usaré medias a la rodilla ni tampoco un jumper. En el fondo soy la misma güila, la misma cara pero treinta y tres años después. Tempus fugit.

Hoy es ese domingo y tuve que sacar la latita de betún negro para olerla. Me llenó de paz y de recuerdo. Y el recuerdo da un sentido de pertenencia y eso sabe bien.

Me prometí escribir más. Sin editar. Me prometí escribir más porque tengo cuarenta y  la vida me sucede al frente y de repente. Las letras son como pastillas contra el olvido.

Las letras son como pastillas contra el olvido. Pero el olor a betún es el olor de la inocencia de niña que salía temprano en la mañana –zapatos lustrosos-, tiritando por el frío viento, para subirse al bus que la llevaría a esa aventura  de recibir la Vida,  con miedo, sí, ¡pero eso qué  importaba!

miércoles, 8 de julio de 2015

El caballero de armadura pulida

Y salí de La Institución hastiada, sentía que había perdido toda la mañana. 
Y mientras apresuraba mi escape de aquella torcida realidad, me esperaba a la entrada un guachimán. Escuché cuando le dijo al guarda de seguridad "Es ella, ella es la señora."
Dudosa por lo de "señora" miré a mi alrededor y me di cuenta que en definitiva era conmigo, pues en aquella escena sólo estábamos el guachimán, el guardia de seguridad, la calle, una señal de alto y yo. Alisté unas monedas.
-Buenos días señora, -me dijo elegante- tengo que hablar con usted de algo muy serio.
Sonreí como si se tratara de una broma, pero me clavó su mirada color azul Volcán Poás. Se me desencajó la cara con la rapidez de un mareo. Él, perspicaz, repuso inmediatamente:
-Pero no se preocupe, todo va a estar bien. Mi nombre es Alberto.
Y comenzó a caminar. No volvió a ver hacia atrás pues asumió que yo lo seguiría. Y así fue. Cruzamos la calle para terminar frente a mi vehículo aparcado a la orilla de la carretera. Volví a ver a don Alberto el Guachimán, era claro que quería su pago y para ello mostraba toda su caballerosidad escoltándome hasta mi vehículo. Pero en vez de recibir sus monedas  Don Alberto el Guachimán dio dos pasos hacia atrás, se erigió elegante, estiró su cuello e insufló su pecho, con voz grave y los brazos señalando mi vehículo dijo lleno de extraño convencimiento:
-Y dígame señora, ¿qué ve?
-¿Que qué veo? ¡¿Que qué veo?! Diay, ¡que mi carro no tiene búmper!
-Así es -replicó casi contento. - Pero no se preocupe, venga.
Claro, y cómo me iba a preocupar, cómo iba yo a tener esa aberrante idea de preocuparme. Si acaso ese diciembre que se acercaba a pasos agigantados no traería consigo las obligaciones de aguinaldos, marchamos, impuestos, cuestas de eneros, regalos para los clientes corporativos, regalos para los clientes amigos, y regalos para todos los no amigos, pues una verdadera amistad no aceptaría en diciembre ni una cajeta. Qué era un búmper más o un búmper menos en la vida de aquel mes ingrato.
Y siguió caminando, y yo lo seguí. Admito que en algún momento pensé que iba camino a mi rapto seguro. Pero también consideré la mágica posibilidad de que don Alberto el Guachimán tuviera guardado entre las hendijas de la calle y la acera mi búmper, y que ahora estuviera esperando el pago por su rescate.
Caminó unos setenta y cinco metros hasta llegar a una casa. Era una casa vieja, de antes, de verjas verdes, de esas que solían ostentar lujo pero que ahora estaba más que perdida en esa locación. En esa cuadra ya no habían recuerdos, y por ello no había espacio para casas viejas y jardines. En algún momento la improvisación criolla creyó crear oficentros solamente con colgar cerca de las puertas una placa de cobre que dijera "licenciado". Y así se perdieron las memorias de hogar en aquellas aceras.
Don Alberto el Guachimán tocó el timbre, yo me asomé por las verjas verdes y apareció como una madona rolliza La Secretaria, sonriente y musical, y sin mucho preámbulo le preguntó a don Albero el Guachimán:
-¿Entonces ella es la señora? - Y sin esperar respuesta me miró sonriente y me dijo - ¿Cómo está señora? Pase, la estábamos esperando, ya tenemos listo café.
Y claro, era lo más normal que me estuvieran esperando con café incluido en aquella casa de antes de verjas verdes a mí: la desconocida señora. No había nada de qué extrañarse, y mientras pensaba en eso, estaba yo portones adentro, y don Alberto el Guachimán no estaba más conmigo. Me dio algo de ansiedad de separación, pero seguí el olor del café. Y mientras pensaba que ya era suficiente eso de "señora" (yo sabía que no me estaba haciendo más joven y que en definitiva cada día era más una señora, pero no era deshonesto admitir que apenas me estaba acostumbrada a ser llamada por esa palabra y que la verdad nunca me habían dicho tantas veces señora en un día, como en aquel día) me iba adentrando en el tiempo sobre ancestrales pisos de terrazo.
Cuando me senté en la silla (ya me estaba tomando la taza de café) me percaté que había en aquel lugar al menos cuatro máquinas de escribir. Claro que consideré también la posibilidad de que esa bebida tuviera alguna sustancia enervante y que finalmente se diera mi rapto, pero me atraparon más los recuerdos, a pesar de haber creído que aquellas casas ya no tenían memorias. Y mientas saboreaba mi café (realmente ya no me importaba si tenía o no sustancias enervantes) pensaba más bien en los ritmos de la máquina de escribir. Aunque inicialmente yo solamente esperaba encontrar en alguna hendija entre la calle y la acera mi búmper, terminé (no sabía si mis días) caminando sobre terrazo de antes dentro de una casa de verjas verdes en una cuadra sin memoria (ahora ya no tenía más café). Miré a mi alrededor nuevamente las cuatro máquinas de escribir. Me acordé de su sonido, de su ritmo en realidad, y me remontó a la niñez. Casi lo cantaba: pica pica pica pica, se detiene (y recuerdo el dedo meñique de mi madre picando el tabulador) el radex hacía su magia blanca, y pica pica pica, matraca,  palanca para rotar el rodillo, fuera hoja, rodillo rodillo, espaciador, palanca de carro libre,tac, pica pica y va de nuevo. Parece que fue ayer, pero no, fue hace muchos años, antes de que me empezaran a llamar señora. Lo curioso es que me siento tan joven, pienso si se sentirá una igual con unos setenta años.
El piso de terrazo tiene una belleza olvidada.
Y apareció ante mis ojos un Señor de Antes, alto, enjuto y muy elegante. Se me acercó con una amplia y serena sonrisa. Yo puse la tacita de café en la mesa por aquello de tener que salir corriendo.
-Buenos días señora.
-Buenas- murmuré.
-Necesito disculparme, yo tuve un accidente y le arranqué su búmper. Pero no se preocupe.
Está bien, pensé, acepto me rindo, ya no voy a preocuparme. Apareció ante mí la Secretaria, sonriente, vasta y dulce, con una hoja impresa (en computadora claro está). Habló elegante él:
-Acá tenemos un borrador del documento en el cual manifiesto los hechos, me hago responsable, y me obligo al pago de los daños. La estábamos esperando porque necesitamos sus datos. (Pica pica pica, palanca para rotar rodillo, espaciador, carro libre, pica pica). Yo no sé por qué, pero comencé a sentir  ganas de sonreír y de llorar.
Se sentó frente a mí el Señor de Antes, se sentó enjuto y con tanto garbo. Cruzó su pierna y con sus dedos rápidos levantó la tela de su pantalón desde la rodilla para poder cruzarla. Tenía los zapatos lustrados y unas medias de seda. Yo no lograba escuchar muy bien lo que me decía por culpa de mis ojos llenos de lágrimas, pero sonaba como máquina de escribir, con ritmo en sus palabras que me remontaban a las almohadas de la memoria. Leí el documento, pero no era importante. En ese instante sentía que podía firmar lo que fuera. Estaba feliz porque sentí que podía confiar. Confiar, sabía que no necesitaba ni firmas, ni declaraciones, ni papel, sentí la libertad de creer en alguien que era un completo desconocido, y tenía la certeza que todo iba a estar bien.
Tras un rato se levantó y salió.
Regresó alto y enjuto con el búmper en sus brazos. Parecía que llevaba una lanza, que sin darse cuenta y ante mis ojos, rasgó la tela curtida de la realidad y me permitió ver más allá de los desencantos.
Y ahí estaba yo en aquella mañana de noviembre, el día en que la Vida me tocó el hombro y me regaló un paréntesis de tiempo, para permitirme conocer a mi quijote personal y a un sancho panza con ojos azul Volcán Poás.
Gratitud.

La Nada



Ayer fue uno de esos días mágicos, que aunque rodeados por el Todo caótico, se convirtió en un paréntesis del tiempo.

No tuve que salir de los límites de tiquicia. Es más, fue en el centro de San José. Y no, nada grandioso sucedió. Era un día como todos, que además de gris estaba cruzado por plazos y juicios y futuros inciertos, que en la angustia que me es propia, se convierten en hechos aún más reales que el ahora.

Ayer decidí caminar. Decidí caminar a pesar del carro, a pesar del tiempo, a pesar de la lluvia y a pesar de San José. Decidí caminar sobre todo a pesar de mí.

Fue un acto de libertad. Y caminé desde el INS hasta un café pasada la Alianza Francesa. Llovía y no me importaba. Sentía el agua en los pies anegada, en la cara y chocando contra mis lentes. Entonces la lluvia se escurría ante  mi mirada como si caminara pegando la nariz a una ventana. Como antes, como cuando era niña y poseía el tiempo, y daba lo mismo mirar una mosca volar entre el marquiset y el vidrio y respirar sobre el vidrio y ver tras el vidrio llover.

Caminé despacio como pocas veces, no andaba tacones altos. Los zapatos planos me permitían mecerme con toda la propiedad posible entre adoquines mal puestos, huecos en las aceras y cordones del caño resquebrajados. Anduve como si hiciera equilibrio. Las lluvias, los Otros y la inseguridad ciudadana no me estorbaron. Tampoco las bolsas de basura que yacían yertas en las esquinas repletas de gotitas de agua. Hice equilibrio por la cuerda floja de esas calles en una tarde lluviosa de San José.

Cruzando la calle me topé con la mirada de la Viejita que siempre ha estado en una esquina con un pañuelo anudado a la cabeza y con tres perros. Siempre la veo, pero hasta ayer le dije “buenas tardes”. Me sonrió con sus encías. La miré fijo para memorizar esa sonrisa. La próxima vez que la vea y yo esté teñida de prisa será diferente, ya nos conocimos más, ya nos sonreímos. Ya no somos extrañas.

Pasé por sodas y bares. Cada uno olía diferente, como si las personas que entran dejaran un rastro de su esencia. Cada aroma y cada historia se convertían en una única, dentro de recintos que más allá de comidas venden "paradas de vida". Pequeñas estaciones que llaman mesas, sobre las cuales se posan pensamientos, y sueños entre comidas. Algunos minutos de paz, otros tantos de prisa, soledad o compañía. Paradas de vida, esperando el destino y el momento para llegar a algún otro lado. A pesar de la "evolución" seguimos siendo nómadas.

Llegué a un café y me tomé un café. Simple.  Me tomé el tiempo de sorber y escuchar la lluvia. Y de observar. Tras la ventana pasaban las personas, bajo el techo me sentía abrigada y dentro de mí se colaba la paz.

Y nada. Me fui caminando de vuelta y bajo el agua.

Ayer planté mi bandera entre el caos y la angustia. Gané libertad que tal vez hoy volví a perder, no importa, atesoro el momento. Ayer no se me escurrió el tiempo entre los dedos, ayer  logré soplarlo para que subiera por el cielo hasta que ya no pudiera verlo más. Y justo en ese momento, dejé de escuchar por un segundo "tic tac".



miércoles, 14 de agosto de 2013

ACERCA DE CÓMO QUEDARSE ATRAPADA SIN SALIDA. -Historia verídica de gabipeña-



En un día de empoderamiento y gestiones múltiples decidí ponerme mi vestido favorito, color gris ratón, de tela vaporosa perfecto para cuando una suda la nervia, cola más larga que la parte frontal por aquello del estilo. 

Resuelta la mañana de forma positiva, me regalé ir a almorzar a mi casa de previo a una cita en los tribunales (factor tiempo, importante). Para aclarar la mente y alcanzar un poco de paz abrí la puerta secundaria de mi casa (la odiosamente llamada " puerta de servicio"), ya que dispuse que esa entrada fuera mi jardín de macetas y tragaluz y las plantitas necesitan de aire fresco (yo también).

Almorcé de buena gana y atenta al reloj mientras los vientos cruzados refrescaban. Ya era hora de irme, pero antes no podía olvidar que tenía que cerrar esa puerta secundaria que da al vestíbulo del tercer piso del edificio donde vivo... Dejé la cartera y el celular en la mesa del comedor y coloqué el teléfono inalámbrico en la base correspondiente. Salí al vestíbulo y dejé la puerta principal abierta, para entrar de nuevo, una vez que cerrara la puerta secundaria. Estiré la mano para "jalar" la puerta y un viento bucólico e idílico entró desde el primer piso subiendo con prisa y travieso por las escaleras. Maloso el viento levantó mi falda vaporosa, cosa poco importante para mí en ese momento que jalaba la puerta, porque sabía que no había nadie cerca y ¡AY! cerré la puerta CON el vestido (tamaño poco de tela incluido) atrapado entre las bisagras.... Y en el piso no había gente.... 

No podía sacar el vestido de entre las bisagras, y la cartera con el celular estaba muy lejos, muy lejos. Me puse a llamar “HOLA VECINOS SOY GABIPEÑA LA DEL OCHO, UPEEE, VECINOS, VECINO DEL SEIS Y DEL SIETE, SOY GABIPEÑA AYUDA.” Nada... Me empezó a dar "nerviosismo" y me puse a llamar (casi gritar) al conserje del edificio “ALEJANDRO IUJU, ALEJANDRO SOY GABIPEÑA, AYUUUUDA AYUDAAAA SOY GABIPEÑA ACÁ DESDE EL TERCER PISO...” Pero luego me acordé que en ese lugar matan gatos, y me dio pavor que mientras estuviera atrapada sin salida, sin posibilidades de moverme, llegara el espíritu mata gatos y me hiciera un "macuá".

La hora, la cita, los tribunales, las bisagras, mi vestido, los gatos. Empecé a tirar dispuesta a romper la tela de mi vestido favorito, pero ¡no cedía! ¿Cómo llamar al cliente para avisarle? ¿Qué iba yo a decir en el despacho? "Señor juez no pude llegar porque me atrapé entre mi vestido vaporoso y las bisagras de la puerta del servicio por culpa del viento idílico. Sí señor juez, esa que llaman puerta de servicio, feo nombre ¿verdad? Diay señor juez, mis planticas necesitaban aire... y yo también. Es que el día estuvo muy socado... Sí entiendo, la agenda del despacho..."

En eso, caí en cuenta de todos los años que practiqué los cambios de vestuario entre telones de Gigirey. Recordaba cómo decía "tienen once segundos para cambiarse, ONCE SEGUNDOS" (ONCE SENGUDOS, leánse con acento cetáceo de Dory). Era eso o perder la audiencia, el cliente, el vestido. Primero la faja, y la escondí debajo de una maceta. Luego un brazo. Luego el otro. Antes de la decisión final grité ¿hay alguien? Nada. Me quité los tacones (tampoco quería caer escaleras abajo en ese estado), con los hombros fui subiendo el vestido rápido, rápido; mambo de hombros desesperados y ¡TAZ! fuera ropa. CORRA GABI CORRA, NO RESBALE, CUIDADO SE DESCONEJA, MÉTASE A LA CASA, EL VESTIDO AHÍ PEGADO NO IMPORTA, CORRA, ESO, TIRE LA PUERTA, QUE NADIE LA VEA. Y acá estoy, llegué un poco tarde pero todo bien.

Al final, nadie sabe en qué va a usar ese montón de cuestiones aprendidas a lo largo de la vida. Gracias Gigirey, por hacerme practicar los once segundos de cambio entre bambalinas.

El vestido quedó con una mancha de grasa del portón de un lado, un montón de arrugas del otro y un enorme susto entre el botón y sus ruedos. Qué cosas pasa una. Al final con mi cliente todo resultó bien.No me pareció lo propio explicar por qué llegué con la falda arrugada.



miércoles, 21 de noviembre de 2012

6:30 pm un día cualquiera entre semana.

... entonces se supone que tengo que ser crítica del sistema, pero para eso además debo de estar informada, a razón de lo anterior debo leer, pero además la lectura debe ser renacentista y debo leer clásicos de Grecia, pero también las novelas contemporáneas que han incidido en nuestra historia, ah sí, de historia también hay que saber, pero la nacional y la internacional, pero además debería poder recitar los versos más hermosos, sin embargo no está de más un poco de conocimiento general, y de ahí la importancia de saber de fútbol para poder hablar con todo el mundo, pero también de la señora Gaga y no sé qué más, esto sin olvidar a los clásicos como Madonna quien se conserva tan bien, ¡y claro! practicar yoga, porque también se supone debería de ser de las que se ejercitan por una vida sana (no sólo el cuerpo sino la mente también) y el estómago! pues debo comer sano y orgánico, pero bueno también me gustan los chicharritos, y hablando de la chatarra también debería de salir a correr y andar en bicicleta, y se supone que debería de saber del buen vino, y tal vez la buena cerveza, y en definitiva del buen whiskey, pero también debo pensar en las cosas importantes, y dar gracias por ello, y bueno lo importante es ser ciudadana responsable y respaldar instituciones baluartes tales como la CCSS, pero ojo que durante todo esto una como mujer no se puede ver una fea, entonces, en el ínterin de educarse, leer, andar en bici y tener conciencia, muy arregladita verdad, sin que esto me haga esclava, pero además se supone que debo tener hijos, ojo que no debo reforzar el mito de la madre, pero tampoco se puede ser puta, pero sí debo ser exitosa en lo que hago, pero tener claro que el éxito no es el dinero sino la satisfacción que se siente al acostarse en paz con una misma, y para ello debo estar motivada y sobre todo practicar una escucha empática, todo en un delicado equilibrio y evitando a toda costa  caer en ser una pseudointelectual, sin olvidar que también debo acudir al humor que es el mejor de los remedios, debo honrar a padre y madre y amar y respetar a los animales, pero debo exigir el respeto por mis derechos, y para ello se debe tomar una posición dentro del sistema que al principio tuve que criticar, y acá es adonde cito a Mafalda y pido una Nervocalm...

viernes, 19 de octubre de 2012

Receta para limpiar el alma.

Tome una cebolla blanca, muy grande. Tómela directo de la canasta de la góndola del supermercado (no espere a la feria del agricultor el sábado, no dilate por lo urgente aquello que es importante). Tome una cebolla blanca muy grande. Tome un cuchillo bien afilado. Introduzca, con cuidado y en la mitad de la cebolla, el cuchillo. Ejerza fuerza, presión y de un solo tajo pártala. Pártala a la mitad. Quítese las gafas. Deje que el humo de la liliácea se aspersione en su cara. Quite la piel seca, lento y con cuidado. Lleve el bulbo cerca de su pecho mientras ejecuta esta tarea.  Quite con cariño la piel seca, deje el resto expuesto. Tome la cebolla desnuda y píquela finamente. Acerque su cara y observe.  Ahora, permítase llorar. Sienta  cómo le brotan las lágrimas. Disfrute. Entrecorte su respiración para ejecutar un llanto más dramático. Deje brotar esas lágrimas. Si es necesario, curve su cuerpo hacia adelante. Paralelamente hunda sus dedos en aquel picadillo. Luego, limpie con ellos las lágrimas de sus ojos. Llore sin parar. Sofría sus lágrimas en aceite de oliva extra virgen. Pique en julianas el tiempo y en rodajas el espacio. Revuelva. Una vez finalizado el llanto, guarde la cebolla sofrita en el refrigerador. Usted lávese las manos con limón criollo, la cara con agua fría. Acuéstese a dormir y permítase soñar.

jueves, 2 de febrero de 2012

Dicen que vivir es morir un poco...

Morir. Pareciera la antítesis de estar con vida. No es cierto.

Supuse que esa tarde él moriría, al menos un poquito. Lo supuse cuando frisando las cinco entró un guarda a la sala y le dijo a los presentes (muchos familia, otros pocos estudiantes) " Apaguen los celulares y siéntense en la segunda fila de bancas". A partir de eso, mis segundos se aferraron a la vida y discurrieron más lentamente.

Capturé esas caras, a mi lado y en las bancas. Como fotografías los quise memorizar antes de su prematura tragedia. Pero ellos no lo sabían, no sabían que a poquitos ya se estaban muriendo, y bueno, a mí no me gusta fotografiar a los muertos.

Supuse esa muerte (primera fase) cuando entraron más guardas a esa sala, y entonces una parte de mí saltó fuera de mi cuerpo. Así mientras escuchaba, también podría ver cómo los conceptos y las palabras eran capaces de arrancar un pedazo de vida, y cómo es que las caras se quiebran con las lágrimas.

Pude ver cómo los rostros impávidos también poblaban esa sala. Esos rostros quizás también se murieron un poco, pero aún no se han dado cuenta.

Ahora no era un guarda, eran tres. Uno a la salida, otro junto a las bancas. El tercero no lo recuerdo.

La espera entonces se estiró como un pedazo de tela desgarrada.

Yo supe antes de comenzar a escuchar.

Tres juezas, nueve años, un sollozo ahogado.

Mi otro yo me tomó de las mejillas y giró mi cabeza hacia él, mi nuevo muerto. Él se relajó, manos y brazos. No sé, tal vez fue cuando su vida se le salió y dejó sólo lo necesario para respirar.

"... saquen a los que lloran que no me puedo concentrar..." dijo ella mientras siguió justificando la sentencia.

Con letra firme anoté nueve años, luego otra vez lo miré y asentí. Le dije con el silencio cuánto lo sentía, que no lo abandonaba, pero que eran nueve años muerto en vida.

Prisión. La palabra fue dicha.

Y ahora la muerte en su segunda fase arremetía a golpes contra él. Dos custodios, dos chalecos y dos esposas, se pararon tras de mí (mi yo físico) y atrás de mi nuevo muerto. Nuevamente lo miré fijo. Tomé su mano fría y gesticulé con mis labios la palabra cárcel. Pero mi otro yo, el que saltó fuera de mí, fuera del mundo de los muertos le gritaba: "Se da cuenta que usted no dormirá hoy en su cama, no volverá a su casa, no besará a sus hijos ni a los hijos de sus hijos ni a su esposa? No sabe adónde va, no sabe a qué olerá ese nuevo lugar, ya nada es suyo, ni siquiera su tiempo. Ya no es ni será el mismo. Usted ya hoy está muerto".

Segundos laxos cruzaron el espacio entre mi muerto, sus custodios, y las palabras.

¿Sabían que se siente por la espalda el calor de los custodios? ¿Sabían que las esposas suenan como campanas? ¿Sabían que apresar a un hombre muerto es una tarea fácil, porque pesa como el viento, y tiene brazos de papel?

Se fue.

No, se lo llevaron. Creo que con una mano dijo adiós.

Yo me quedé en pie mirando. Manos firmes. Cuerpo erecto. No sé cómo. No lo sé. Él traspasó la puerta, y con ello la muerte en tercera fase. Yo debía mantener su honra sobre mi frente en alto. Yo soy ahora su conexión con el mundo de los vivos. Yo no me doblé únicamente por la memoria de mi nuevo muerto. Nada más.

Vi al tercer guarda. Estaba delante de mí. También sentí el calor de su espalda.
Abracé a la nueva viuda, a los huérfanos, limpié lágrimas ajenas mientras mi otro yo se sentaba a la orilla del caño mirando llantas pasar a través de dos enormes pozos de lágrimas.

Yo hablé con propiedad, di pautas, pasos a seguir. Hice las llamadas. Sostuve manos, limpié más lágrimas. Ofrecí el consuelo más barato y vergonzoso de mi vida: sean fuertes, aún hay mucho por hacer.

Emprendí mi camino, y mi otro yo saltó de nuevo en mí, se abalanzó con tal fuerza que me hizo volverme hacia la nueva viuda y casi ordenarle ¡Llore, llore mucho porque esto duele, carajo, duele como la muerte, esto es una tragedia!"

Se fueron. Yo fui a celdas. Volví a mi carro, regresé a mi hogar. Cené porque hay que continuar. Mañana continuaré mi vida y seré esclava de mi tiempo ¡pero es mío!

Esta noche ellos no están durmiendo. Ni mi muerto, ni su viuda, ni sus huérfanos. En realidad yo tampoco. Este peso de prisión me aprieta. Tal vez mañana yo dormiré. Ellos ya jamás.

Dicen que vivir es morir un poco. Es cierto.

Yo hoy también morí con él, encerrada en esa mugrosa celda.